No se ve distinto, se siente distinto
- jimena martinez
- hace 4 días
- 2 Min. de lectura
Perseguir algo… una sensación que siempre parece escaparse.
Durante mucho tiempo pensé que tenía que correr más rápido, llegar antes, hacer más.
Hasta que comprendí que esa sensación no se persigue: se descubre.
Y ese descubrimiento ocurre dentro, muy adentro.
Se lo dije una vez a un amigo:
“No se ve distinto… se siente distinto.”
Y es verdad. Porque cuando aparece ,esa presencia, ese estado,
todo, hasta lo más rutinario, lo más simple,
cobra un valor infinito.
El gesto más tonto, el ruido más cotidiano, la luz de cualquier rincón
todo adquiere un brillo que antes no veías
y que, sin embargo, siempre estuvo ahí.
En ese instante abrazas cada cosa que ocurre,
cada mínimo movimiento de tu vida,
como si todo formara parte del fluir del agua.
No confías, sabes que te está llevando a un lugar bueno.
Es una certeza silenciosa, profunda, completamente ajena al pensamiento.
Un abrazo invisible que te protege del miedo, del odio y de la tristeza,
y que te reconforta el corazón de una manera que ninguna palabra puede explicar.
Es cierto que esa sensación no puede acompañarte en todo momento.
La vida sigue moviéndose, y tú con ella: cambias, subes, caes, atraviesas sombras y luces.
Pero a mí me basta su recuerdo.
Porque ese recuerdo es un espacio intacto dentro de mí,
tan verdadero que puedo regresar a él cuando el mundo se agita.
Y gracias a haber tocado ese fondo,
reconozco todos los demás estados por lo que son:
olas pasajeras.
Porque ya sé que, debajo de todo, permanece algo inmóvil y luminoso
una corriente de sentido que no sé de dónde viene,
un origen sin nombre que se insinúa en silencio,
algo que no pertenece al mundo,
pero atraviesa todo lo que existe.